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Dónde nos leen

viernes, 2 de enero de 2015

Cuentos cortos de fin de año



Esto debió salir el día 1. Comprensiblemente, ese día casi todo el mundo iba a estar desnucado y yo no podía ser la excepción. Peor aún, después de los alegres litros de cerveza consumidos en las primeras horas del 2015. En fin, salió hoy, el día 2. Ayer me dio una flojera terrible mover músculo alguno. Si uno de los 3 gatos que lee esta escotilla virtual, se sintió afectado por no encontrar algo nuevo ayer, las disculpas del caso.

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Si bien el 2014 ha sido una colección de días putañeros, un montón de horas indescifrables y situaciones contrariadas; ha tenido sus mezquinos momentos agradables, que por generosos, son los que deben ir acá. Además es algo más ahorrativo poner esas cosas, dado que si enumero las malas, puta madre, me faltaría blog. Aunque poner algunas magras, como para sazonar, no hará del todo aburrida esta entrada. Acá va:


“El eclipse no fue parcial y cegó nuestras miradas”
Manchitas, inocente ella, llegó muy a finales del anteaño pasado -precisamente un Día de los Inocentes- a formar parte de alguien que solía ser cercana y a este remedo de escritor. Pasó la transición 13/14 en casa de personas de buen corazón, en especial el líder de ese clan: don O. En esas dos semanas que tuvimos a Manchas, reaprendí que no hay amor más fiel que el de un perro hacia su eventual amo y al fin pude ejercer someramente esa carrera que siempre creí frustrada: veterinaria.
Manchitas tuvo que mudarse al cielo y se fue como llegó: rápido. Aunque tengo la certeza que en esas dos semanas tuvo el amor, la comida y la atención que nunca antes tuvo. Querida, estás en la lista de mis hijos, así hayas sido la más fugaz.


“No creerías las cosas que he hecho por ella”
La media beca es algo que llegó a punta de esfuerzo e insinuaciones de lloriqueos ante el decano de mi universidad. Siempre, a excepción de este último ciclo que fue una mierda, he sido regular en la facultad: no muy bueno, no muy malo. Digamos, del 0 al 20, un 14. Nunca jalé con roche y nunca estuve para el tercio estudiantil. El caso es que Mr. Johan, el decano, accedió a darme ese cupón de descuento del 50%, a condonar la mitad de mis deudas, a evitarme el medio litro de llanto. Con ese beneficio en el bolsillo, hice todo lo que no debía hacer, emprendí un camino equívoco, un viaje a lo errático. Soy un huevón, lo sé. Este ciclo me descuidé y me arrepiento. Solo espero que esa media beca por la que peleé siga vigente. ¡Diosito, hazte otra, pe’!


“Goles suenan a la distancia”
Con el campeonato del Torneo del Inca obtenido a base de un fútbol ortodoxo, pensé que el equipo del cual soy patológico seguidor, Alianza Lima, tendría más éxitos en el año y conseguiríamos el título nacional después de ocho temporadas, pero con un pobre Apertura y con un Clausura que no llegó a consolidarse, ese fútbol a base de pelotazos improductivos volvió a imponerse por sobre el juego bonito que por ratos conseguía la blanquiazul y ello se mostró más claro en la final contra Cristal: perdimos y mi ilusión de dar la vuelta se ahogó por el poco oxígeno de Arequipa, lugar de la final. Será para este año. Igual y así seamos los peores, cosa que jamás seremos, pediré el día que me muera que me entierren con mi amada camiseta azul y blanca.


“El dolor es veneno, nena”
La chica de los 7. Recuerdo que un siete hablamos más de un “Hola y chao”, otro 7 le dije que me gustaba, otro siete la besé por primera vez en un taxi y otro siete pensaba en formalizar todo. Ese último nunca llegó. Todo iba muy bien, pasé momentos lindos con ella y después de pasajes extraños, pensé que ¡por fin!, podría darle sentido a esos días jodidos del año que pasó. Me enamoré e hice cosas que no había hecho para otra chica. Sin embargo, a veces sentía que no era del todo valorado, pero como todo es algo subjetivo, quizás, haya sido solo mi impresión. De cualquier modo y por más cosas dolorosas que también encontré en ese camino, pienso que esos instantes bonitos son los que quedan. Ahora el olvido es parte de mis días, pero a veces me da chiripiolca. El proceso de olvido para mí es pendejo, para ella siento que no lo fue.


“Un espíritu a veces seguro, otras veces incierto”
Salir de Inquba hizo que piense que todo sería mejor respecto a lo laboral y fue –contratodo pronóstico-  lo contrario. Irme por mejoras económicas no fue para nada compensado con la felicidad que sentía en esa agencia. En los dos lados en los que aterricé después, encontré gente bien paja, es cierto. Pero nada como la casa. Así no paguen mucho (aunque ahora no sé cómo será), en ese hogar publicitario aprendí bastante. No puedo hablar lo mismo de S y T. El no recibir conocimiento hizo que me sienta algo estancado y ello realmente fue frustrante. En el segundo lugar fui a aprender (supuestamente) y terminé siendo “profesor”, que no es del todo malo, pero uno va también a conocer cosas nuevas. Y no, pe’. No se dio y me jodí.


“Una eternidad esperé este instante”
Vi a Soda Stereo por única vez en mi vida en Diciembre del 2007. 2 horas y fracción irremplazables hicieron que esa idea de que eran lo mejor en este idioma, tome mucho más fuerza. Me quedé endeudado por ese concierto, pero a la mierda. Valió la pena. 7 años después volví a ver a un Soda: Charly Alberti. Esperar un par horas en el hall del Westin por ver al genio importó nada (realmente hubiese esperado un día, dos; por verlo). Su representante habló conmigo unos minutos antes de que él bajara de su piso y me dio las coordenadas de la salida del baterista: “Mirá, no debería decirte esto. Charly y yo (sho), bajamos en unos 10 minutos y saldremos por ese corredor –señalándome su ruta de escape-. Yo no te dije nada, eh. Ya sabés”. Dicho y hecho. Alberti con sus lentes Ray Ban, su gorra de R-21 y su porte de líder ambientalista se materializaron en ese lapso. Foto tomada, conversa hecha y mi disco de Soda garabateado por el che, hicieron de ese día de diciembre uno de los más aputamareados en estos 26 años. Viva Soda, carajo. Toda la vida.


“Ella es mi chica lunar”
La propuesta de ser padrino me agarró con cierta alegría. Ser papá es uno de mis sueños y esta labor se le parece mucho. Entendí que mis ahora compadres vieron en mí proyección, determinación, cierta madurez y tino para hacer las cosas; aunque creo que ya lo están dudando. Hace casi dos meses soy como el segundo padre de Zoe. Obligado por mi conciencia a regalarle algo en todas las navidades y en todos sus cumpleaños, veo en esta acción y algunas otras formativas, retos que me hacen feliz y que también, espero, hagan feliz a esta pioja, que es casi mi hija. Al menos muchos abrazos, consejos que no le van a servir de mucho, sarcasmo y buen rock; no le van a faltar.


“Te vi que llorabas, te vi que llorabas por él”
El que me conoce sabe que Gustavo Cerati es mi mayor referencia musical, es mi ídolo y su muerte dolió, vaya que sí. Tener sus discos, haber ido a sus conciertos, crecer con su música; no es poco y cuando se fue allá arriba sí que solté mis lágrimas.
Chespirito, es otro de esos personajes que despintó todo con su viaje a la otra dimensión. Haber visto al Chavito metido no en un barril, sino en un féretro, fue un poco traumático. 
Óscar Avilés, tipazo. Tuve el honor de cruzármelo un par de veces y conversar con este grande de las cuerdas. También se fue entre sollozos y jaranas tristes. 
Gabriel García Márquez, todas sus putas y sus lectores, ahora más tristes, lo recordarán porque todos nosotros tenemos corazón.


“Poner un disco eterno, crear la dimensión”
Los 28 de febrero son todos geniales. Claro, ese día nací yo. Aunque el del año que hoy ya es un cadáver fresco, fue mucho más chévere. Mi entonces jefa hizo de mi espacio de trabajo, el pequeño sitio del mundo más especial, los compañeros de la agencia cantaron –desafinados todos- el tradicional “Happy Birthday”, ese día estrené mi polo de Soda y me regalaron un disco de esa banda (aunque finalmente ese CD se quedó con la autora del obsequio. O sea que fue un regalo de mentirita), las demostraciones de cariño fueron inacabables (aunque siempre es así en los cumples. No hay que mentirse mucho, tampoco). Mis mejores amigos llegaron a gorrear la cena cumpleañera. ¡Perdón! Fueron a visitarme muy amablemente y mamá -mi amor-, con su abrazo cariñoso y rompecostillas, hicieron de ese último día del mes más corto del año, el mejor de todos sus pares. Un cumpleaños para recordar, indudablemente.


“Me verás volar por la ciudad de la furia”
Sí lloro por ti, Argentina. No olvidaré ese día de octubre que tenía el dinero para largarme a Buenos Aires, estaba a un puto click de decir: “carajo. Ciudad de la Furia, ahí vamos.” Era algo tan mío, tan personal, que no se lo comenté a nadie. Soñaba con pasearme por Caminito, ir a la Bombonera a ver a Boca, entrar a cuanto museo paja encontrara en la vía. La vida me jugó un revés y la inversión fue hacia esa persona que me hizo ver los días y sí que fue mejor, pero me queda esa espina de no haber conocido esa ciudad que anhelo todos los momentos. Aunque, Argentina, ya hay planes serios de estudiar por allá.


(...)


Bueno, algunos de estos puntos fueron increíbles en un inicio, con un arranque prometedor, nacieron con esperanza. Sin embargo, con el transcurrir de los días casi todos estos ítems se deshicieron, se evaporaron, se pudrieron y me quedé en nada. El 2014 fue irregular, aunque con matices buenos. Y alguna vez he renegado porque más de la mitad de las cosas que me tracé, no las logré. Y eso para una persona picona y autoexigente como yo es, por lo menos, chocante. Aunque entiendo también que todo es cíclico y la curva ahora va hacia arriba, felizmente. Me quedan las odiosas conclusiones de que hay que pensar mejor antes de decidir, rodearse de buenas personas –o al menos unas que no te hagan perder el tiempo-, mantener el ánimo y bañarse en ruda. Harta ruda.

Este año, es uno de revancha personal y tengo 365 oportunidades. Aunque a nadie le importa.


Feliz 2015, infelices.

domingo, 1 de junio de 2014

J


“Coco, ¿vamos?” Fue lo que dije después de saludar a mamá y al abuelo ni bien llegué a casa. Agarrar su correa  y ver la alegría de mi perro hizo que en cierta forma me contagiara de la misma, ya que llegaba un poco fuera de mí. Aunque al salir de ese hogar esa sensación se transformó en algo parecido a estar en la cima del Himalaya y pensar por lo que había pasado solo unos minutos antes. No sé, no me sentí ni bien ni mal. Solo quise caminar con este pequeño carnívoro de 8 años, despejar o, debo decir, ordenar pensamientos y llegar a la conclusión que debía refugiarme en esto que es mi vicio: escribir y soltar todo. Hacer catarsis, eso que alguien había hecho en este último día de mayo, este que está a punto de extinguirse.

(…)

Hoy, como la última vez que toqué este desordenado cuarto virtual, me toca escribir de ella. Ella que no es precisamente un canto a la afectividad, no es muy demostrativa. Aunque cuando ese tipo de personas hace algo así –feeling-, lo hace de corazón y de eso se sostienen estos párrafos que vienen a continuación. Esos que no sé si deba escribir, esos que pueden ser un Vía crucis o un recuento genial de esta noche que no hubiese sido bonita si no entrelazaba los brazos de ella, de ese ser tan especial, con los míos. Tener grabados esos segundos que pasaron y que fueron una eterna perfección, congelar esos instantes en los que no quise desprenderme de J, todo ello en conjunto fue una de las cosas más chéveres de este año. No quise dejar de sentir sus cabellos debajo de mis manos, sus ojos sinceramente cerrados y su respiración rápida (de verdad que no lo quise). Esa pequeña porción de tiempo hizo que me proyecte y que piense que al dejar de abrazarla ya iba a tener una larga vida junto a ella. En resumidas cuentas este horrible mes tuvo su mejor punto en ese rincón cerca a un lago artificial y junto a un miedo gracioso hacia las aves (su fobia).

Estar en ese parque enorme después de haber cancelado una caminata cervecera, tener la sombría noche de fondo, verla bajo ese faro de Narnia que alumbraba sus ojos rojos y cálidos, me convenció –o reconvenció- que esa oscuridad espesa se iba a disipar y en cierta forma así pasó. Tenerla al frente, escuchar medianamente lo que había hecho ese día, no ser tan detallista al decirme cómo es que se desprendió de sus demonios, pero sentir que se había quitado una roca pesada que la ataba a un pasado jodido y finalmente autodibujar en sí misma una sonrisa que tenía más luz que el faro adyacente, pagó toda esa larga fila de pasos que di para llegar a ese banquito resguardado por algunos canes y que tenía en ella ese elemento que hacía mágico todo ese ambiente.

(…)

“No te puedo contar todo lo que hice porque estoy bajo promesa” dijo para resumir ese ejercicio que mató sus miedos. Aunque por ratos soltó algunas de las cosas que la hicieron desfogar y sentirse libre. Ese “no te puedo contar”, se transformó en un “te lo cuento por partes y sin darme cuenta”. Y con lo poco que soltaba traté de armar cierta historia e interpretarla, traté de darle forma a esa mueca graciosa que componía de vez en cuando. Esa dichosa mueca, esa sonrisa que volvió a mover mi lado más visceral. Ese que había entrenado algunos días atrás para que sea tan frío como un pedazo de escarcha como el de esa vieja refri que tengo en casa. Esa sonrisa hackeó mi sistema y esa feroz y gélida parte entrenada, quedó hecha un ser indefenso, fácil de matar solo con lapo, totalmente vulnerable a su mirada.

Y fue en ese hablar y hablar en el que me preguntó si podía darme un abrazo y yo –incrédulo- solo atiné a burlarme, sanamente, claro. Y así se dio algo tan común para el resto del mundo y tan increíble para mí. Abrazarla fue una pequeña recompensa, creo yo, a esas pocas buenas cosas que he hecho en este tiempo. Tenerla un rato y sentirme tan bien es de esas cosas que no cambiaría por nada, aunque sé que ella no sintió lo que yo sentí. Ese gesto fue liberador para ella, pero más lo fue para mí. Con ese abrazo se me fueron las palabras y todo lo que dije después no estuvo hilado. Me quedé ahí, me morí en el tiempo y ya no hablé mucho (si alguna vez lees estas líneas, perdón por eso. Me quedé enganchado en ese instante y solo me concentré en ti).

Imagino, ya debe estar durmiendo sin temores, sin esa presión extra que la maniataba, que no la hacía del todo libre. Hoy sé que duerme más tranquila y que hoy 30 fue ese día bisagra que marcó el descanso de una vida pasada y que señaló un camino menos sinuoso. Hoy, fin de mes, puedo escribir que verla con una sonrisa legítima después de haber tenido muchas sonrisas incompletas, fue un buen punto final a este mes que ha sido su mejor mes productivo en este año. Verla feliz, puso un punto final bueno a este mes que no ha sido –para mí- del todo amigable.

Sé que aún le falta algo y ojalá ese "algo", alguna vez tome forma y sea parecido a eso que yo siento, a eso que un día la hizo soñar con este escribas (fue una pesadilla, lo sé). Veremos.

(…)

Ahora que estoy junto a Coco en la calle, viendo todo entre la nada, tengo la seguridad que verla feliz, (con esos ojitos llenos de lágrimas que marcan un cambio), también me hace feliz y que esos intentos fallidos de olvidarme de ella se hicieron trizas y se fueron olímpicamente al tacho.

jueves, 23 de enero de 2014

Hey, corazón


“Oye, se me acaba mi saldo. Ya, chao, chao, chao… Cuídate. Un besito”. Hasta ahora tengo retumbando en el tímpano derecho el speech de despedida que ha sido el mismo en las dos últimas veces que ella me llamó y que si terminó de decir todo ese rezo, entonces su crédito acabó con vida, casi en coma, pero respirando.

Agosto 2013 en la universidad:

- Chino: “O’e, hay que hacer grupo para Estadística, pe’”
- Yo: “Ya, pe’. Pero es de a tres y no veo candidatos para que estén en ¡mi! grupo, cholo”
-  Chino: “Sí… Mira, ella… Ella chambea conmigo”
- Yo: “¿Quién cholo? ¿Esa chica que parece sobrada?”
- Chino: “Sí, es Jennifer. Es un poco vaga, pero trabaja bajo presión…”
- Yo: “Hmmm. Pucha… Trabajar a presión, entonces. Ya, pues… Qué queda.”

Es el primer vestigio que tengo de esta chibola de 21, aunque ella –insistente- argumenta que en una situación parecida a la anterior, yo no quise que esté en el mismo grupo de Semiótica, ciclos atrás. ¡FALSO! Después, entre conversas, recordó que para ese curso, en su salón nunca estuvieron Rolo ni Lenin (compañeros de la universidad con los que formé un grupo en ese entonces) y eso echaba por tierra la supuesta choteada que me dejaba como un vil arrogante –algo que aún sospecho que cree-.

Con el transcurrir del ciclo, confirmé lo que el Chino me dijo la primera vez que hablamos de ella: que era algo vaguita, aunque Cano resultó más vago aún y este escribas con lentes: peor que ellos juntos (aunque solo por ese ciclo, ya que ellos eran una mala influencia).

Ella, despistada, casi siempre directa y algo renegona (sobre todo cuando nos sentamos al lado de parejas besuconas); me ha demostrado cómo se puede mantener a unos “pequeños aldeanos” ligeramente quietos y concentrados jugando a los taps, pintando o solo tomando néctar de durazno, todo a base de paciencia… Virtud casi inexistente cuando no está con los niños, lo que demuestra el gran ser humano que es, a pesar todo y a pesar de unos cuantos indeseables.

(…)

No sabía que en el diplomado también le habían enseñado a persuadir para lograr grandes ventas, como la de hace unas horas, pues yo, sin ánimos de adquirir plan telefónico alguno, caí redondito ante la posibilidad de tener un plan RPC. A pesar de mis sigilosos esfuerzos para decir “no”, cedí… Un éxito ella, pero es algo que ya es necesidad, pues su saldo se ve herido de muerte cada vez que hablamos. Solo hoy fueron 22 minutos de consumo, así que un plan para no ser tan usurero y poder llamar yo también, no caería mal. Aunque debo decir a mi favor que gasté los miserables 5 minutos de crédito que me alumbraban.

(…)

Dejando un poco de lado el sarcasmo tan típico en mí, ha sido bueno estar en el mismo grupo de Estadística, haber llevado el aburrido curso de Devoto (asquerosa materia) y haberle regalado un Frugos de S/.1.50 en su cumpleaños (estaba misio, pe’) porque, de alguna forma, estas situaciones fueron los primeros puntos de confianza que ambos nos tenemos y que, de mi parte al menos, agradezco, porque no siempre puedes ser “oídos y tiempo” para una voz con ganas de contar muchas cosas e irse por las ramas (cual mono), mientras las detalla y que a la vez –y sin darse cuenta- te hace más humano. Gracias por tener siempre de qué hablar, por las risas, por las pizzas, por las tonterías que solemos conversar, por los tragos, por haber sido un asilo cariñoso para un ser con manchitas (agradecer aquí también a sus papás, Emely y al buen negro), por Ari que es un dulce y gracias también, porque tengo siempre a quien corregir… Y ahora no solo en castellano, sino también en inglés. Perdón, no puedo dejar de ser irónico más de dos minutos.

Como siempre le digo, ha pasado tanto en tan poco tiempo y siempre ha salido bien que parece que hay pocas cosas que la pueden detener. Capacidad le sobra y la fuerza siempre la acompaña, al mismo estilo que Yoda (Star wars). Nunca se debe detener y jamás debe pedirle a Dios una mochila menos pesada, sino una espalda más resistente. Ha sido todo un susto, perdón, gusto, chibola.

(…)


Enero 2014: me convenzo que si hay que hacer quecos o malabares para que no esté con tristeza, pues, con gusto se hacen… Solo para que esa sonrisa, llena de gracia, nunca se le borre del rostro, corazón.



Que estés siempre bien.


*La de NSAD. Fonseca es pasable... Una de canción de One Direction ni a patadas estará por acá.

martes, 31 de diciembre de 2013

Confort y música para volar


Si hay algo que nunca trato de evitar cuando tengo algunos (casi siempre, pocos) soles en el bolsillo es comprar discos. Este año no he comprado muchos, pero el último que llegó a la colección fue el que le da nombre a este post. Meloso, pero sincero post y –ojalá- divertido. Muchos de ustedes saben que este año no ha sido gran cosa para mí, pero si ha habido canciones que han suavizado este azaroso conjunto de meses, esos temas, que no pongo aquí, pero que son indefectiblemente hits, son solo comparables con ustedes. Aquí el booklet de las canciones elegidas:

Encontrar a alguien que primero haya sido tu jefe y después se convierta en tu amigo, particularmente, ha sido un tanto difícil. Siempre he tenido cierta involuntaria distancia con mis superiores y ello se pulverizó cuando entré a Inquba. Panebra es de las personas que puede interrumpir la chamba e invitarte a tomar un café solo para escucharte si estás pasando por un terrible estado comatoso y sentenciar el diálogo con un par de risas después del lagrimeo.

Sabes que te admiro mucho. Te veo el jueves a las 9:30am (se acabaron las vacaciones, ¡oh, no!).

Gracias, Dolly

(...)

El almuerzo por mi cumpleaños hubiese quedado como una real postal trágica si no hubiese sido por alguien que salvó la tarde, los 25 y, de paso, pagó las cuentas. No lo veía un buen tiempo y el encontrarnos sí que trajo novedades positivas entre muchos apuros, pues el tiempo ese jueves en Friday’s quedó realmente corto para charlar de la vida con este tipo que hizo del “Kulikitaka” una apología muy extraña.

El camino del padre primerizo es una de las vías más difíciles, dicen por ahí. Aunque contigo, la ruta de Alejandro, casi no tendrá baches.
   
Gracias, Miguel

(...)

Después de dejar Onda Cero en el 2010, han sido contadas las veces que he visto a este radioman (ojo, no Radiomar) que, de cierta manera me indujo el gusto hacia este medio –la radio-, a la locución y reforzó la filia nata por Soda Stereo. Como apuntaba, después de ese año, nos hemos visto en pocas oportunidades, pero siempre –siempre- estaba ahí para tender la mano, con un “sí” buena onda y sin dudas.

Me da gusto que hayas despegado del suelo de “grande” para crecer mucho más aún, ahora como profesor. Siempre es bueno hablar de música con Usted y encontrarnos en conciertos, sodero.

Gracias, Javier

(...)

De todos los temas que aquí estoy tocando, este es el único que se repite en el setlist del blog. Mi negra hermosa, está demás decir lo mucho que valoro tu presencia y tu ausencia. La primera siempre para carajearme en los peores estados o cagarnos de risa y la segunda para hacerte extrañar y valorar lo acertada que eres. Ya el hecho de que conozcas a mi madre, además de haber ido dos veces a su cumpleaños, le da un plus a esta amistad tan de puta madre, borrega, casi hermana. God save la vena de tu frente. 

Gracias, Carla

(...)

Alguna vez te comenté que no me caías y fue tan graciosa tu cara de sorpresa que aún la tengo grabada en el usb sesudo. De hecho, este año dibujó buenos detalles contigo como, solo por poner un ejemplo, llamar para saber si había practicado para el final de estadística (cosa que ni por casualidad hice). Este acto terminó de formar el buen concepto que tengo de ti, my bro. No cambies nunca.

Gracias, Claudia

(...)

Porque tu buen corazón es solo comparable a lo despistada que eres, pero la admiración que existe por haberle dado vuelta a situaciones complejas, tiene el doble de tamaño. Además, el haber compartido cosas tan bonitas (me siento raro escribiendo esa palabra) como lo del voluntariado con los niños o las trolleadas mutuas, hacen que estés por acá. Sé que nunca te acordarás el tipo de pizza que pedí en Domino’s, así que ya puedes ir corriendo a Phantom a comprar mi CD.

Gracias por toda la confianza, por las risas y por el saldo que siempre se va conmigo. Te quiero.

Gracias, Jennifer

(...)

No hubiera aprobado radio si no hubiese sido por ella, a quien gratamente encontré este ciclo como profesora en la universidad (no lo asimilé durante el primer mes, te juro). De hecho, me ayudaste, no a aprobar, sino a aprender y fue bien paja verte después de tiempo, porque cuando me quité de la radio, todo el contacto era por Twitter. Nunca olvidaré ese domingo en la cabina de Studio en el que conocí a La Portella ¡Muy paja!

Tráeme algo de Cusco, pe’.

Gracias, Andrea

(...)

El disco de McCartney en vivo ha sido de las mejores cosas que me han regalado y si bien este año solo te he visto una vez, hermano, es difícil tenerte del todo lejos porque siempre el apoyo ha sido mutuo: en las muy gloriosas y en las más paupérrimas. Sabes que siempre mi casa estará abierta para ti. Sé también que la tuya estará siempre surtida con chela y que algún día de enero caeré con el CD de sir Paul para ponerlo a todo volumen, querido Álvarez.

En el 2014 nos veremos más de una vez.

Gracias, Renzo

(...)

Si no es la risa más escandalosa de la universidad, está muy cerca de serlo. China de la vida, emo por temporadas, la más graciosa casi siempre, gracias por siempre preguntar: “O’e, ¿qué tal tu mami?”. Se valora bastante, tanto como tu apoyo y las largas conversaciones confiándonos casi todo, incluyendo cojudeces. Siempre estás ahí y eso hace que estés acá, así me tengas podrido con todo el reggae que escuchas. Ojalá nos crucemos en un salón el próximo ciclo.

Gracias, Franchesca

(...)

El camino hacia un buen segundo semestre no se hubiese dado sin este tipo y sin la célebre frase: “Todas las chambas son por contactos”. Un maestro el amigo Rolo. Esas lateadas desde Los Naranjos hasta Parodi mostraron lo reflexivos, graciosos y un tanto rajones que podemos ser. El año que se viene es todo tuyo, cholo. Ya tienes armas para pelear y talento sobra, así que solo falta que lleguen las batallas.

Gracias, Rolando

(...)

*Bonus track:

Ahora te debes estar horneando en el calor de Miami, compañero de cervezas de viernes por la noche. Haberte quedado el día entero en la actividad que hice hace meses en casa fue el punto bisagra para saber que eres un buen tipo y tan leal como Robin a Batman. Andar de acá para allá ese sábado sí que fue matado, pero te la bancaste, querido. El próximo año ya deja de adornar tanto las palabras, pero conserva esa vibra tan particular.

Gracias, Joan

(...)

Mi mamá siempre me dice esto: “le rezo a Dios para que estés rodeado de buenas personas” y a veces me hace sentir un descarriado, pero siento que él le ha hecho caso… Gracias por ser las alas con las que abrí un buen vuelo este año (a pesar de todo), por algo esta producción es “para volar”. Cierro este 2013 con un discazo. Gran 2014.

¡Gracias… totales!


(¡Ya! Lloren todos).

sábado, 6 de abril de 2013

Vives conmigo




Esta historia es esa que nunca imaginé escribir, que habría preferido evitar, que hubiese querido que jamás pasara para no redactarla. Es de esas que plasmas porque te han dejado una huella y debes teclear para que, cuando ya haya pasado un tiempo y estés más tranquilo, recuerdes (si es que eso pasa, porque sé que te he tatuado en mi mente), que tuviste un gran pequeño ser que te alegró los días con muchos detallitos que un ser humano difícilmente te podría dar. Un ángel de cuatro patas que sabes que te vigilará desde el cielo, mi ángel llamado Camus.


Según mi madre, naciste un 16 de mayo del 2007, en aquella pequeña casa que teníamos por ese entonces. Muy humilde para albergar a 6 perros (tus papás Coco y Pepa y tus 3 hermanos), decidimos regalar a todos los cachorros, pero como siempre dije, contigo tenía –y tengo aún- una conexión especial que me impedía dejarte en otro hogar. Es por ello, que regalamos a los demás de la camada y me quedé contigo contra la voluntad de mi vieja. Asada, ella, entendió que te quería y, a pesar de todo, Coco, Pepa y tú se quedaron en la casaarrimaditos uno de otro, con cierta precariedad, pero felices.


Al poco tiempo, mi acaramelada Pepa se fue y Coco y tú, Camus, la pasaron sin madre desde ese entonces. Son muchas cosas las que hemos pasado y recordarlas duele un poco, pero también me sacan un ligera sonrisa, chibolo. Hoy es el primer sábado que no te tengo y se me hace duro no salir con dos, sino con uno, no escuchar tus tibios ladridos de alegría al decir: “¿Qué? Habla’o” o “vamos”. Eso de no ver que le muerdes las patas a Coco, jugando obviamente, me está costando asimilarlo, tanto o más que abrir los ojos y que no me estés viendo –vigilante-, y que, de repente, al terminarlos de abrir, me muevas la cola con aquella particular forma que tenías para hacerlo, con ese encanto dulce, con esa maña propia de ti. Ay, hijito, ya te extraño, ¿sabes?



Multinombre cachorro, te ajustabas a cualquier situación. Tus orejas firmes me hicieron llamarte “zorrito” (mi zorrito), tu nada agradable forma de comer, mientras te buscabas la cola para lastimarla, me hicieron bautizarte como “loco” (mi loquito), tu contextura, claramente esbelta, hizo que fueses mi “flaco” (mi flaquito). Pero, “Guardián”, te quedó a pelo.

Mi madre en el hospital, yo sin muchos ánimos y Coco en lo suyo, me hizo ver tu real y maravillosa importancia: cuando me veías llegar cansado después de mi día, fuiste el que se acercó desinteresadamente a darme un abracito. Movías tus patitas de tal forma, que no parabas hasta que te abrazaba y te tranquilizabas y de paso, tranquilizabas mi paupérrimo día, sabiendo que tenía al ser más importante de mi vida internado. Ese día de setiembre del año pasado, te miré revitalizado y como si entendieras a la perfección ese “somos pocos en casa por estos días. Tienes que cuidarla, porque es ¡tu casa! Mi amor, tienes que ser “el guardián”. Eres el más pequeño aquí, pero cuida la casa, hijito guardián”, hiciste lo que te dije hasta el día lunes que te me fuiste, así inesperadamente, corazón.

Estos días son jodidazos. Acostumbrarme a tu ausencia es un trance feo, no verte moviéndote azarosamente para saludarme cuando llegaba -con tu meneo de cuello de aquí para allá y las orejas caídas-, es ingrato. Tener en la mente esa expresión triste tuya después de haberte gritado por alguna malcriadez y enseguida, abrirte los brazos -como para un abrazo y un “discúlpame, hijo”- y verte saltar mordiéndome las manos con un cariño puro. Decirte “Tamalito, ¿‘on tás?” o “vamos” o “flaquito bello” y no ver respuesta es –puta madre- terrible. No ha pasado ni una semana y no puedo creer que ya no pueda acariciarte la frente, entre los ojos, repitiendo lo mucho que te quiero, me quiebra, pequeño.

Puedo decir, sin miedo a errar, que eres de esos amigos (amigo-hijo), que te espera, que te quiere a pesar de todo lo que involuntariamente, le haces pasar. A pesar de la pobreza y de los días en los que compartíamos mi comida, porque han habido días en los que hicimos malabares para comer los cuatro, pero a pesar de todo, corazón, así, en una situación pendejísima, siempre estábamos bien. Siempre, siempre. Y tú ahí, sin reclamar, calladito, esperando solo cariño.

Contigo he ido al veterinario más que con todos mis otros hijos juntos… Qué no has pasado, chato. Te han atropellado, te han envenenado, te han operado, te has perdido, pero tú como un roble: fuerte siempre. Cada vez que llegábamos a “San Marcos”, el doctor decía: “¿qué ha pasado ahora con mi paciente?” y al rato ya estabas comiendo el pasto de esa facultad, sano, como si nada, flaco.

Ayer, el gordo y yo fuimos a verte como cada día desde ese triste lunes, pero él, comenzó a olfatear entre la tierra por donde te encuentras. Lo más seguro es que esté sintiendo un poco de nostalgia, le hace falta su partner, su pata, ese quien le muerda las patas cariñosamente al salir, su compañero, su hijo. El renegón también te extraña, estoy seguro. Aquí te extrañamos mucho. Ya no tengo al más vivo de los dos, ya no podremos tomarnos fotos o ponerte frente al espejo para que veas lo precioso que eras –eres-, aunque ello te hiciera creer que eras otro perro y le ladraras a tu reflejo, provocándome la risa.

Ay, flaco. Podría escribir un libro y no terminaría de expresar en él, los geniales casi 6 años que pasamos, con sus altas y bajas, con sus extravíos y caminatas, con lo aprendido. Claro, cada vez que íbamos a ver a tu doc, algo más aprendía sobre ti y los de tu especie, viejito. Nunca imaginé, por ejemplo, que ustedes, tienen la temperatura más elevada que nosotros, los pseudoracionales, o que es normal que en los veranos sufran por el exceso de calor que hay en el ambiente, que, sumado a su temperatura normal, es una completa tragedia para tus congéneres, mi’jo. Gracias por las lecciones que contigo aprendí.

Hoy, a casi una semana desde que te has ido, recordé que tú fuiste al primero que encontré cuando tu padre y tú se fueron de casa, en ese diciembre del 2009. Gracias a una señora que te acogió unos días y que escuchó un aviso en la radio y –a Dios gracias- me llamó y felizmente estabas bien. No te encontrabas tan lejos de tu hogar. Lo primero que hiciste al verme fue saltar ante mi alegría.

Hoy frente a donde te dejé descansar, tuve ese flashback y lo complementé con el recuerdo de ese 1 de enero del 2010 en el que salimos ambos a buscar a tu viejo por muchos lados, sin resultados buenos, con muchos pasos dados, y con un vacío como el que hoy tengo. Te cargué mucho y nos lamentamos, también mucho. Me mirabas cuando me sentaba en el camino a pensar por Coco y te me acercabas como consolando la situación con una lamida en el brazo.

A los 19 años era un mocoso más, muy inmaduro y bastante rayado. A esa edad, te empecé a criar y he sentido que a lo largo de ese lapso en ti he conocido cierto grado de responsabilidad, al tener en mente todo lo que te hacía falta: tus vacunas, tu comida, tu ropita, tus necesidades. Te tuve en esa transición de edad que es difícil y gracias a eso ahora tengo un margen de responsabilidad no adecuado, pero aceptable. Fuiste el perro que necesité porque a Coco lo cuida más mi mamá.

El día que te operaron pasé todo el día contigo: desde que te raparon, pasando por cuando te anestesiaron y te desplomaste casi en el acto; sacando la lengua como reacción normal y yo -aterrado- esperando que acabe la intervención apenas entraste a quirófano. Ha sido la única vez que he sentido que la presión la he tenido en cero, notando el frío en pleno calor, esperando y viendo el reloj que se tornaba lentísimo. Cuando al fin salió tu doctor, me dijo que te abrigara hasta que recuperaras la temperatura. Y así fue: contigo toda la tarde, la noche y parte de la madrugada tapado con tu colcha celeste, tratando de que no te desabrigaras mientras reponías tu movimiento. Finalmente cuando ya estabas moviéndote, encima de la mesa de acero, yo estaba en mi quinto sueño y tú tratando de despertarme, chiquito.

(…)


Aún tengo en la mente que hace exactamente un mes falté a la universidad, y volvimos a San Marcos y ya no estaba tu doctor, pero sí tu larga historia clínica (un libro). Tú, envuelto en tu frazada amarilla (con la que hoy descansas) y moviéndole la cola a cuanto perro veías. La doctora que te vio te recomendó a nuestro viejo conocido “Cardial”, para tu gran corazón, además de un par de exámenes que no te pude sacar, lamentablemente. Previo a tu atención, contigo en brazos, tuve que caminar por muchas cuadras de la av. Canadá buscando efectivo en un BCP. Al encontrar un agente, no habían retiros y de nuevo a mis brazos a buscar un cajero… Cajero que encontramos, malogrado para nuestra desdicha. Nos pasamos 5 minutos dentro del cajero helado por el aire, pero tú, como si nada, hasta que después -por fin- hallamos dinero y en el camino te dejé caminar una cuadra en que hiciste de las tuyas: andando, asolapado, sin muestras de ataque, mordiste sigilosamente a un tipo que no te hizo pleito. Fue un mordisco seco y faltoso, pero que no tuvo respuesta para suerte nuestra. Las que sí tuvieron réplicas fueron las mordidas anteriores con las mismas características y con algunas bastas de pantalón rotas por la mascada solapa que soltabas, sin ladrido alguno. Un capo para el ataque, hijito querido.

Mi amor lindo. Siempre salimos 3 a pasear (Coco, tú y yo) y ahora también lo somos, solo que ahora dos físicamente y uno que cuida de nosotros desde arriba.

(…)

Después del domingo de resurrección, solo unos minutos después del término de ese día, como a las 00:15 decidiste irte, dejándonos a los que te queremos un vacío frío y doloroso. En mi desesperación quise salvarte la vida, pero no pude hacer mucho. En ese taxi entendí que contigo se fueron casi 6 años de mi vida, llenos de apuros, pero con bastante amor. Se me ha ido un pedazo de mí, de mi existencia.

Desde aquí agradezco a mis amigos que se preocuparon por ti, los que me atendieron cuando te perdiste jodiendo y jodiendo anunciando su extravío. Todo sirvió. Muchas gracias.

Ahora, chuequito, te pido disculpas por lo que te hizo falta, por algunas cosas que no pude darte y por algunas otras cosas más. Te voy a llevar siempre en el corazón y cuando ya sea mayor, mucho más que hoy, cuando tenga arrugas, tendré presente que tuve un animal que llenó parte de mi vida con alegría y que no me hacía mucho caso, pero con el que tuve un período feliz… Porque no fue un perro, es un hijo.

Siempre te voy a tener presente, pequeño devorador de carne molida y arroz. Conservaré siempre esos pelitos que te corté de la cabeza y que te quedaban geniales, (como un corte medio punk), hijito. Además, tus flores están garantizadas cada 24 horas y felizmente estamos a media cuadra de distancia para siempre ir a verte. Gracias por esperarme siempre que llegaba tarde a casa, no dormías hasta que llegaba. Cuídame desde el cielo, angelito de la guarda.

Ahora sí, cierro el post porque aquí todo se está humedeciendo, como cada día desde que ya no estás... No me olvides que yo no lo haré.


Te amo, Camus.



Atte. Tu papá

sábado, 17 de noviembre de 2012

Arena Roja

Entrar a la Plaza de Acho para algunas personas es algo tan normal como ver semanalmente un par o tres toros morir a manos de mata’ores. Para mí, no es algo común y siento que no aguantaré estar aquí por más de media hora, pero aquí estoy ya, tratando de darle una explicación a lo inexplicable, ensayando algún tipo de razón a esos puyazos que los animales reciben.


Gente de buena posición económica pulula por este sector de Lima que normalmente es pobre, aunque los últimos domingos de octubre, todos los de noviembre y los dos primeros de diciembre, se vuelve un poco adinerado. No soy un invitado ilustre aquí, es cierto, no pagué, solo accedí mostrando una credencial -un viejo documento de la “Bausate” con el cual entraba a los estadios hace unos años- y me hago pasar por un novato cronista taurino, algo que jamás en mi existencia he pensado ser, ni en broma.


Los “héroes” salen a la arena con sus muletas, una capa entre el brazo y tras de ella una espada. Acto seguido, un par de hombres montados sobre caballos vigilan la entrada del estelar: el manso y pesado toro, que mira a su futuro verdugo con indiferencia, con desánimo, lo evita. Aunque el tipo con traje de luces va en busca de la provocación del cuadrúpedo en el primer tercio, falla dos y hasta tres veces. Con algo de insistencia, el animal se muestra ya no desconectado, sino desafiante, ayudado por algunas banderillas clavadas en el morrillo, sin embargo dudo de su furia y más bien, creo que es puro instinto de defensa al ya no querer sufrir picaduras injustas en ese cuero disminuido por los golpes previos a su ingreso nada triunfal al ruedo.


Este tercio de capote, es una especie de calibrador, dado que el torero utiliza el tiempo para embravecer al animal, calcular la fuerza de una eventual embestida y para medir la bravura del citado a muerte, aunque, como vi desde el principio, este animal más que molesto, parece confundido por todo: por la gente que deja de lado sobriedad y bebe otro trago de frialdad, por los caballos disfrazados y por ese pobre ser humano que es comparado por el centenar de público como un personaje épico, digno de condecorar por poner su integridad en riesgo.


Veo a un par de novilleros, ya en el tercio de banderillas distrayendo al toro, intercalando los ataques a la bestia que parece asustada, mostrando esos cuernos previamente limados como único mecanismo de defensa y haciendo ver el contraste filoso de las espadas y banderillas con el de sus apocados cachos. Apocados, mas no del todo obsoletos.


En dicha defensa a la que apela el animal, parece reunirse la fuerza con la que miles de personas en el Perú mostraron, en una encuesta de DATUM, su total desacuerdo a estos eventos taurinos con un arrasador 68%, sobre solo un 9% que sí estaba a favor de que se continuase con este accionar que muchos consideran cobarde y otros pocos, heroico. Palabras antónimas girando alrededor de un toro armado naturalmente y una persona con armas buscando detener un corazón.


A propósito de este grupo del que hacía mención, hace unos días conversé con Juliana Óxenford, periodista y conductora de un programa en radio Capital y recordé perfectamente esta cita: “ese animal no tiene cómo defenderse, pues salgo yo y lo defiendo” y de inmediato llegaron a mi mente las diferentes protestas en pro de salvar a la especie como la que estaba viendo en la arena.

Mi mente viajó mucho en unos instantes, pero mi cuerpo, seguía ahí, viendo al actor principal en el ruedo, vestido con una indumentaria que le entalla las piernas, retando al titán cansado por divagar de aquí para allá. Le muestra el pecho desprotegido para el delirio ciego de la gente pidiendo que continúe fatigando al toro de lidia de la forma que sea. Los paseos con la capa van de un lado a otro y los “Ole” resuenan en mis tímpanos, pero no más que ese quejido que se hizo sentir más que cualquier otro sonido en el coliseo: el portentoso animal soltó un chillido atípico en este tipo de especie, dejando vacío el ruido que provocaba la algarabía de los morbosos espectadores, trayendo abajo el agrado del torero que lucía sorprendido, pues, seguramente, no había visto tal cosa en su “carrera”.


Deduzco que ese sonido entrañable y largo fue como un reclamo del herbívoro y de toda su línea de antepasados, incluyendo a los “Uros”, extintas bestias, predecesores de los toros como hoy los conocemos; en contra de la gente. Por algún momento se me cruza por la cabeza que ese estallido es como un “¿Por qué a tanta risa si me están haciendo añicos de a pocos?”. Pero, se rompe la pausa con un intento de embestida taurina y el torero decide tomar la muleta y la espada al ver que la bestia está cabizbaja y con las patas juntas después de su intento fallido de herir a su agresor. Se mantiene en la posición perfecta para insertar el puntiagudo artefacto por entre sus músculos, rompiendo primero la primera vértebra de esa columna golpeada a palazo limpio y luego penetrar, de manera inmisericorde, esa víscera que a todos nos da vida: el corazón, previo corte de la aorta, si la estocada es un “éxito”. Todo ello, con tal de obtener como recompensa a la “hazaña”, la ovación de la multitud ebria, que tiene la sensibilidad muerta por el alcohol.


El tercio de muerte ha llegado, la arena quema y el brillo de la espada rebota en los ojos del ganado solitario. Me lo imagino temiendo lo peor y me pongo por un momento en su lugar, quitándome de él en una fracción de segundo al proyectar mi doloroso y lento castigo.


Los ayudantes del torero siguen agotando al animal, toreándolo, moviéndolo de un lugar a otro, hasta que el momento llega y es momento del estoque: frente a frente, uno mirando el suelo y el otro al objetivo, uno dosificando cierta fuerza y el otro concentrando toda la energía para hacer un lance natural, uno esperando acabar con todo y el otro, como si esperara que acaben con él. Y ahí va el personaje ibérico –decidido-
mostrando furia. Aunque el instinto del verdadero valiente en ese ruedo, hace que esquive la embestida y en ese mismo acto, y seguramente sin querer, arrastre y salpique arena a gran fuerza, de manera inexplicable, llegando ésta a los ojos del torero que pierde el equilibrio por la velocidad con la que contaba y, al intentar caer bien, suelta su filosa amiga y ella se vuelve contra sí, transformándose en su enemiga, cayendo sobre ella y atravesándose la parte derecha del tórax.


Todo fue tan rápido que ni el alternante de más antigüedad, se preocupó de la bestia que siempre está en cuatro patas, sino de la que, por el infortunio, adoptaba ahora tal posición. El apuro de los ayudantes del torero por ir a auxiliarlo fue evidente, mientras que el toro, con la lengua afuera y a rajatabla, era metido a palazos, con ayuda de otro torero; era obligado a regresar al lugar donde había estado antes de salir al ruedo, a su cárcel pequeña, a su purgatorio personal.


El abucheo se hizo sentir, pues no se mató al toro –al menos no en el ruedo-. Quien acabó con una espada dentro del cuerpo, no fue la bestia, sino su eventual verdugo, el ánimo colectivo era el peor y la cerveza ya se había agotado en las tribunas. El sentir de la gente en Acho fue de estafa, porque no vieron acabado, mutilado y, menos aún, muerto al animal, no vieron sonriente a su héroe por un día, no lo vieron con las orejas y con el rabo del animal en la mano. Esa fue la sensación de esta gente y ahora comprendo al sociólogo Gabriel Calderón cuando me comentó que “una persona dentro de una multitud apoya el sentir del resto, así al principio no esté de acuerdo con la idea que se sostiene. Sin embargo, para que no se sienta presionado y/o excluido, apoya”. Y hago una intención de resaltar esa cita, pues vi gente que mientras se aminoraba al toro, no pudo evitar derramar una que otra lágrima, un llanto de pena (se notaba). Pero, fue grande mi sorpresa cuando estos mismos seres reclamaban, a gritos, por lo que llamaban “estafa”, calzando perfectamente el argumento que Calderón me expuso.


Ahora pienso en el toro, todo se torna en “slow-motion” y reflexiono para mí: “¿habrá sentido el toro algún tipo de satisfacción al ver a su atacante bañado en sangre? Sangre que pudo ser la suya”. No genero respuesta a mi autocuestionamiento, pero las palabras de Carlos Castillo, taurino y periodista deportivo, aterrizan en la pista de mi cerebro: “Si un torero no acaba con una bestia de lidia en el ruedo, debe retirarse. Es una vergüenza”. Y francamente, pienso que no solo ese torero lo es, sino que todos, en general, lo son.


Viva la vida de un animal, siempre.

sábado, 26 de mayo de 2012

Sexo, amor, amar



Gustavo estudia comunicaciones, cursa el tercer ciclo en la universidad y tiene como meta acabar la carrera para ser publicista, comprender los insights derivados del sexo y darle nuevos conceptos. Él, con la barba a medio crecer y su buen floro, además de su ironía suave, sabía cómo llamar la atención de las chicas de la facultad.


Alaska y Zoé se conocen desde el primer día de clases y cursan el mismo ciclo que Gustavo.  Están en el mismo turno, en el mismo piso, pero en un salón distinto al del futuro publicista. La primera lleva 5 semanas de relación con Gustavo y por casualidades de la vida, Zoé nunca ha visto a su amiga junto a su enamorado. Lo conoce de nombre, lo conoce porque Alaska le ha hablado de él, pero no más.

Alaska Cuba y Gustavo Clark coincidieron por primera vez en una reunión que organizó Martín Gutiérrez –amigo de ambos- hace 6 meses con motivo de su cumpleaños. Desde el primer día “Ali” y “Gus” tuvieron mucha afinidad, tanta que el juego de miradas fue tal que acabaron en la puerta de un hotel en plena madrugada. Hasta ahí llegaron porque ella no quiso entrar: “¡vamos muy rápido!”, le reclamó al acalorado tipo que con sorpresa vio truncado su sexual intento.

Después de ese momento, Cuba y Clark se cruzaron un par de veces en su facultad, pero todo no pasaba de un saludito tímido con la manito alzada y nada más. De un “Hola” de lejitos y un “chao” muy distante, pero en la mente de ambos vivía aquel recuerdo de la fiesta de Martín, recuerdo accidentado, pero no del todo malo.

Esos cruces no fueron del todo indiferentes y aunque ambos trataban de mostrarse esquivos uno del otro, un día se toparon en el quinto piso del edificio de la biblioteca en la universidad. Ella saliendo del baño de mujeres y él pretendiendo entrar al de hombres solo para lavarse el rostro. Gustavo no lo pensó dos veces y la tomó del brazo, la arrinconó e inició el habla. Comenzaron a animarse luego de una primera negativa de ella. Él pretendía ser dulce y lo fue. Alaska iba cayendo en el juego que él quería. Cuba fue sumergiéndose en las palabras cálidas de “Gus”, sus palabras se tocaron y con ellas sus labios. El desierto quinto piso vio entrar a la pareja al baño de hombres, beso tras beso y caricias repetidas, caricias que iban de norte a sur (o al centro). Alaska jamás imaginó esa situación y estaba ciertamente excitada. En medio de ello cerró la puerta con seguro -como pudo- mientras Gustavo seguía hacia su objetivo en marcha progresiva. Fue en ese momento que él, que creía tener todo bajo control y que nunca sentiría nada por ella, vibró ante un “te deseo” espontáneo, cortesía de Cuba. Las manos de Gustavo sentían la humedad de Alaska; todo bien, todo en orden, aunque aún sin el contacto que él deseaba. Cuando ella había cedido por completo, un inoportunísimo golpe a la puerta quebró su burbuja. Este golpe se repitió dos, tres, cuatro veces seguida de una voz que el tipo conocía bien: era la latosa melodía de Iosef Pedreros, profesor de Periodismo digital. Este indeseable le aguó la fiesta. La insistencia se debió a que los baños de los  4 pisos restantes estaban cerrados y el profesor llegó a este quinto apretando los ojos y cerrando las piernas.
La desesperación del llamado a la puerta le cortó el plan de “Gus”, que, preso de su nerviosismo no tuvo más reacción que esconder a Alaska en un pequeño cuarto que el personal de limpieza usaba para guardar sus chucherías. El profesor aliviado, agradeció a Clark por cederle el paso a su desahogo renal y de paso musitó para sí mismo: “Este huevón si no ha estado metiéndose droga, se ha estado corriendo la paja. Solo, en un baño cerrado y oliendo raro, creo que lo segundo”.

Gustavo esperó que se largara Pedreros para sacar a “Ali” de donde estaba. Ella riéndose cachosamente le dijo que ya era la segunda vez que le mataban el plan y él solo atinó a decirle que otro día se verían y que no iba a haber un tercer intento fallido.

(…)

Zoé recibió una llamada de Alaska a la mañana siguiente y esta, le contó de todo. Dentro de lo que escuchó, lo más importante fue que “Ali” estaba empezando a enamorarse de Gustavo. Zoé Alfaro era una flaca de cabello castaño, ojos pardos, tez clara y un cuerpo delicioso. Ella había aguantado la intromisión del nombre “Gustavo” en cada conversación que sostenía con Alaska, en otras palabras: la tenía podrida. Pero, como buena amiga, se bancaba el puto tema de conversación que comenzó siendo indiferente y terminó con palabras dulces hacia el frustrado sexual.

Alaska que solo mantenía contacto con Gustavo por Facebook, recibió la llamada de este un viernes por la mañana. Conversaron un rato acerca de temas que nada tenían que ver con lo sucedido hace unos días y cerraron la cháchara pactando un encuentro para la tarde de ese mismo día en un salón del sótano de la facultad. Dicho y hecho: 3:30 estaban los dos ahí. Vigilaron que el encargado de limpieza acabara con el mantenimiento del aula y entraron sigilosamente. La luz a medio tono se prestaba para muchas cosas, pero ellos, más calmados que antes, decidieron solo conversar, hablar de ambos y de lo que estaba pasándoles. Todo iba bien y ella recibió la llamada de Zoé, que le reclamó su parte del trabajo de Estadística que ambas debían entregar ese día. Alaska le preguntó dónde estaba y fue junto a Gustavo a darle el encuentro, matando todo el ambiente feeling que vivían

Alfaro estaba con un café en la mano esperándolos sentada en las escaleras que dan al pabellón de talleres. Ella vio salir a su amiga del pabellón del frente junto a un pata no tan alto, de cabello corto y negro, tez trigueña y ojos algo claros. Era –quien más- Gustavo.

La primera imagen que ella tuvo de él fue lo más opaca posible, le pareció feo para su amiga, en cambio, Clark tuvo una imagen totalmente opuesta, ya que le gustaban las castañas y de buen cuerpo, tal como Zoé. Por un momento, Gustavo mandó a la mierda imaginariamente todo lo que había hablado con Alaska hace unos instantes. Le gustó Zoé en one, la miraba caleta de arriba a abajo y de abajo a arriba. El tipo ya se la estaba alucinando, pero trató de contenerse y ser lo menos evidente posible. Tras una presentación breve y una conversa sin importancia él tuvo que ir a clases y las dos flacas se quedaron ahí.

Él se fue con la imagen clavada en la mente del sinuoso cuerpo de Zoé, Alaska se quedó con ella pensando en lo que había hablado en el sótano con “Gus” y la chica castaña miraba la estupidez viva en la cara de “Ali” mientras le pedía su parte del trabajo.

Si hubo algo que llamó, ligeramente (casi nada), la atención de Zoé respecto a Gustavo fueron sus ojos claros, puesto que era una filia que ella tenía muy marcada, pero solo eso.

Gustavo, que siempre se alucinó el “pendejito” de la facultad, no lograba sacar a las amigas de su mente. Tanto Alaska como Zoé estaban ahí, una como un deseo puro y el otro como un deseo jodidamente sexual. Él no estaba confundido, él sabía lo que quería y eso era quedarse con Alaska, pero en el trayecto tirarse a Zoé y si podía tirarse a las dos a la vez, mejor. El cliché de “pendejerete” se lo había creído muy bien. Quería hacer todo a la perfección. Algo de sexo por un lado y amor por el otro. Sabía que era una misión complicada, pero se creía capaz de lograrla y aunque se tenía una fe maldita, también era consciente de que debía ser lo más cuidadoso posible.

(…)

Dicen que las casualidades no existen y eso lo supo perfectamente Gustavo una noche de viernes. Salìa él de Diseño gráfico, fue rumbo al baño más cercano del pabellón en el que estaba: el primer estaba cerrado, es segundo igual, el tercero en limpieza, mientras que el cuarto era un indeseable cuartucho apestoso. Decidió subir al quinto piso y, cual calco de una pasada escena, se cruzó con alguien, pero esta vez no fue Alaska, sino, ¿quién? Zoé.

Ella estaba medianamente alegrona, tibiamente ebria, gustosamente sexy. Era viernes y tenía planes de fugar por ahí apenas acabaran las clases, pero se adelantó un poco y decidió hacer los previos desde temprano escapándose de Filosofía y reingresando a la facultad luego de unas horas disimulando sobriedad para entrar a ese mismo baño del quinto piso del cual alguna vez salió Alaska. Gustavo tomó una bocanada de aire en el piso en el que solo estaban los dos y decidió iniciar el juego, no dulce, sino astuto, nada dulce, pero muy intenso. Ella, que en algún momento se mostraba de lo más fría, optó por ver qué pasaba con el galancete y le siguió el juego. El alcohol había hecho lo suyo y Clark se aprovechó de eso. Cada vez más cerca, Gustavo y Zoé hablaban solo a centímetros de distancia, cada vez más lento, cada vez menos, cada vez más cerca.

Ella decidió tomar la iniciativa y lo jaló al baño de mujeres. Seguro a la puerta y ya está, el deseo de Gustavo se hizo realidad con la complicidad del trago y de ese piso que siempre fue un médano, prestándose para actitudes nada académicas. Lo que no había logrado con Alaska lo estaba llevando a cabo con Zoé, comenzando por bajar las tiras del brasier, recorriendo con las manos todos los puntos del estilizado cuerpo de Alfaro, terminando sin protección y follando de lo más intenso en un sitio inadecuado, pero de lo más paja.

Mientras él la embestía sin delicadeza recibió la llamada de “Ali”, pero debía terminar algo y nada lo podía interrumpir: celular al suelo y a no distraerse. “Ali” no insistió con la llamada, cosa que los dos en ese baño agradecieron sin hablar.


Una vez terminado, Zoé y Gustavo decidieron dejar todo ahí. Aunque el beso que los despidió fue tan largo, sexual e intenso como lo que acababan de hacer hace unos pocos ratos. Todo era cuestión de gusto. Ninguno iba detrás del corazón del otro.

(…)

Gustavo, sin el menor remordimiento, llamó a Alaska después de irse de la facultad. Hablaron solo un par de minutos, pero en ellos hubo una concentración de palabras de afecto de ella hacia él, palabras de lo más melosas y que Gustavo tomaba no con mucha indiferencia. Hubo algo en esas palabras que a ese pendejo cínico le movía las vísceras. Todo fue tan rápido que ya nada sorprendía a Gustavo. Todo pasó tan veloz con Alaska y peor aún, con Zoé, que no planeaba nada, sino que quería que el tiempo lo sorprendiera. Pensaba en las dos, en lo bien que la pasaba con una y en lo terriblemente instruida, sexualmente hablando, que era la otra.

Llegó el lunes y “Wonderwall” de Oasis sonaba en los oídos de Gustavo mientras llegaba a la universidad. Pensaba ya sin restricción en Alaska y cuando la vio llegar, después de un rato, se acercó a ella, la apartó de sus amigas (no estaba Zoé) y decidió citarla en el jardín de la facultad apenas acabara la clase. Ella aceptó sin demorarse.

Después de la aburrida clase de filosofía, ambos se tiraron en el jardín de la facultad. Sin hablar por un rato, se tomaron de las manos y fue cuando Gustavo decidió decirle qué le pasaba.

Todo el fin de semana previo, Alaska había estado metida en su cabeza y él se lo dijo sin preocuparse por las consecuencias ante una posible negativa, pero ellas nunca se presentaron. Todo lo contrario, “Ali” se mostró muy ilusionada con la confesión y decidió quedarse con él. Ambos pasaron la puerta de la facultad, caminaron todo lo restante de la av. Marsano y se encontraron con un hotel de la av. Aramburú, donde se conocieron más.

Gustavo y “Ali” jugaron con ellos mismos, jugaron con los espejos, con las sábanas y arremetieron horas en el cuarto en el que se encontraban. Ya no solo era sexo, sino, amor y sexo. Una fusión que ellos descubrían con cada minuto que disfrutaban. Al final de la jornada, él tuvo razón, pues no hubo un tercer intento fallido.

(…)


Zoé no encontraba atractivo que su amiga y el personaje al que compartían ahora estuvieran juntos. Ya no le resultaba cómodo estar al lado de ella y escuchar lo bien que la pasaba con Gustavo, Gustavo que hace unas semanas había disfrutado de la blanca piel de Zoé.

Alfaro que era por demás astuta, sabía que Gustavo llevaba una clase en el pabellón de talleres y entre los vidrios que formaban las paredes de tal edificio, se camufló para esperar a “Gus”. Lo vio pasar y sin medir fuerzas lo jaló hacia un taller desocupado. Ante su sorpresa, Gustavo solo se dejó llevar y la idea de ser jalado por la guapa Zoé no le desagradaba para nada. Ella no le dijo ni “Hola” y lo besó acaloradamente. “Gus” era fiel en sus pensamientos a Alaska, pero al estar con Zoé esa fidelidad se rompía. Ella interrumpió para decirle que por más que no quería nada serio con él, ella lo extrañaba y deseaba que Alaska no existiera, para poder así pasarla bien sin remordimiento alguno. Gustavo le replicó que eso era posible aún con la ausente cerca. Él se alejó y acordaron verse en el grifo que estaba al frente del hotel al cual había ido hace unos días con Alaska.

Gustavo vio a su flaca al acabar la clase y fingió un dolor molar jodidamente angustiante. Ella ante tal escena, lo dejó ir rápido, sin pensar que no sería la última vez en esa noche que lo vería. Él tomó un taxi dando una dirección antes de subirse al auto y cambiando la misma ya en el trayecto. Pagó por unas cuadras unos cinco soles. Entró a una farmacia por unos condones y Zoé ya estaba en el minimarket del grifo acordado.

Entraron al hotel y al recepcionista se le hizo tan familiar la cara de “Gustavo” que pensó para sí mismo: “tremenda cara de imbécil y se viene levantando a dos flacas en pocos días”.

Antes de entrar al cuarto, Gustavo se percató que era la misma habitación en la que había tirado con Alaska y se lo dijo a modo de anécdota a su actual acompañante. Dato que ella aprovechó muy bien luego de unos minutos y que él pensó que fue una rara coincidencia. Pobre… las coincidencias no existen.

(…)

Alaska estaba dispuesta a joderla de la peor forma, no quería a Gustavo para estar tener algo formal, pero no quería estar alejada de él. Le gustaba y mucho. Le gustaba su instinto sexual y el riesgo que le acarreaba tener algo clandestino con el enamorado de una de sus mejores amigas, le provocaba adrenalina pura. Pero la clandestinidad debía acabar y ella lo sabía muy bien.

En plena sesión, se las ingenió para llamar a Alaska, pero nadie habló. Los gémidos y los arremeteos eran los que respondían a los “Aló” que “Ali” daba. Cuba pensó que Zoé se había equivocado y colgó pensando que, sin querer, se había metido en cosas privadas de su amiga.

Al terminar del primer “round”, Zoé le escribió a Alaska: “No te imaginas quién está en el cuarto 307 del Apolo conmigo. ¿No se te hace familiar ese número y este hotel?”.

Alaska perdió la cordura y llamó a “Gustavo”, pero el celular de este estaba muerto, tan muerto como él antes de empezar el segundo episodio en la lucha encarnada que llevaba con Zoé. No lo pensó dos veces y fue hasta el “telo” desconfiando hasta de su sombra.

 Llegó al hotel y el recepcionista regordete la reconoció, pero ella, enérgica subió hasta el cuarto en el que Gustavo tenía de esclava a Zoé. El recepcionista con una mediana risita se dijo: “la que le espera a este huevón”.

Alaska se puso detrás de la puerta, se encogió y lloró. Todo ello mientras escuchaba los fuertes gemidos que soltaba Zoé y por ahí algunos de Gustavo. Lloró como nunca y cuando reunió el valor necesario tomó fuerza y con fuerza mezclada con impotencia logró abrir la puerta llevándose la sorpresa que jamás espero, pero que se estaba formando en su cabeza desde la llamada de Zoé.

Fue un triángulo de sensaciones. Por un lado Zoé, excitada y con desvergüenza, por el otro Gustavo con sorpresa e inseguridad y finalmente Alaska, llena de lágrimas y con harta cólera.

Alaska vio todo, no dijo nada. Se fue como llegó. Gustavo trató de alcanzarla, pero el tratar de vestirse demoró su intención. Alaska, sin una pizca de roche, quiso seguir follando, pero Gustavo, molesto, la mandó a la mierda, seguro de que ella había armado todo el quilombo, pero no tuvo tiempo de reclamarle.

Prendió el celular y llamó a Alaska. Fue inútil. Alaska, entre la confusión botó su móvil y no se supo de ella hasta después de una semana.

(…)

Gustavo la buscó por todos esos días, pero no obtuvo resultado.

 Alaska, volvió a la universidad, infiltrada, disfrazada y se instaló en uno de los salones del sótano, previa visita al baño del quinto piso del pabellón de talleres, lugar que frecuentaba con Gustavo. En el trayecto no habló con nadie, nadie la reconoció. Ya no tenía el cabello moreno, sino rojo. Una vez en el sótano, llamó a Gustavo y le dijo que estaba en la universidad, esperándolo en el mencionado baño. Gustavo, que se encontraba en la cafetería, corrió a verla y encontró al lado de la máquina secadora de manos, un papel doblado en el que estaba Alaska dibujada con su actual color de cabello y debajo del trazo estas palabras: “She’s back, but now she’s dead” y “sótano 2”.

En vano fue el apuro de Gustavo para atravesar la facultad y atropellar a los vigilantes en la puerta del pabellón de aulas. Llegó al salón citado y la sangre de Alaska se confundía con el color de su cabello… Gustavo gritó, pero ya de nada sirvió. “Ella regresó, pero ella ahora está muerta.”

Gustavo encontró en Zoé solo sexo, en Alaska el amor y en ambas el amar y de alguna forma encontró el concepto que buscaba y que mencioné al principio de la historia… Sexo, amor amar.